“Toda diosa rebelde es una diablesa” - entrevista a Jorge Freire


303 - 27 de septiembre de 2015

Rubén GÓMEZ
Jorge Freire (Madrid, 1985) es profesor de filosofía. En Edith Wharton. Una mujer rebelde en la edad de la inocencia ha conseguido un imposible: condensar un recorrido por el mundo literario del siglo XX en un ensayo ameno y elegante. De un tiempo a esta parte, Edith Wharton parece que se empieza a poner de moda. Sigue siendo una desconocida para el gran público, por lo que este libro viene a suplir una gran carencia.

Eres filósofo de formación, te dedicas a la enseñanza de la filosofía y esta es una revista con gran influencia del mundo de la filosofía. La primera pregunta es obligada, ¿cuál es la filosofía de Edith Wharton?



Bueno, déjame decirte que un novelista no es un filósofo. El filósofo es el tábano escandaloso que aguijonea las grupas del caballo soñoliento del Ática, el energúmeno que, como Crates de Tebas, le pega una patada a la puerta y se te cuela en casa a la hora de comer para montarte un diálogo socrático. El novelista es diferente. Las ideas de un novelista no son secretas, pero sí discretas. De poco sirve tratar de aventarlas. Uno puede, eso sí, llevar a cabo sus pesquisas, pero no es tarea fácil.





Esta no es una biografía al uso, comprimes toda la vida de Edith Wharton en doscientas páginas y haces referencia a su mundo cultural y político sin perder la amenidad. Resulta novedoso porque lo habitual es encontrar biografías ladrillo de 600 páginas...



Yo creo que este libro se puede encuadrar en muchos géneros, porque hay polémica filosófica, crítica literaria, ensayo de ideas... Diría que es un ejercicio de crítica cultural, porque se compone de reflexiones políticas, económicas, literarias y filosóficas acerca de un contexto y una época, pero en último término es una biografía intelectual.



Defiendes el «triunfo doméstico» de Edith Wharton con una imagen casi despótica, diría yo, de la autora escribiendo en la cama, “mojando el tintero y despanzurrando por el suelo las hojas que su secretario recogía y ordenaba a continuación”...



No querría verme yo en el pellejo de su secretario. Esa que nombras es una imagen clásica de Edith Wharton, y sugiere el carácter arisco que aseguran que tenía, pero también es una imagen triunfante. En el libro explico que sus obras principales se maceran al rescoldo de un hogar compartido con un esposo saturnal, imprevisible, con manías, neurastenia y todo tipo de problemas mentales, y defiendo que, precisamente, su triunfo consiste en erigir un fortín y una tronera donde antes había una jaula. Estuve manejando unos cuantos títulos para el libro y pensé en llamarlo «Las tejedoras de lana», que en el mundo griego eran las representantes de la racionalidad mundana. Lisístrata le dice al viejo próbulo que siga el ejemplo que le dan al tejer la lana. Según el Sócrates platónico, el político debía actuar como un tenólogo... Es un buen hilo del que tirar, y nunca mejor dicho. Etimológicamente hay poca diferencia entre elaborar un texto, tejer tapices y alzar unas columnas, porque tekton es el obrero y arqui-tekton, el obrero que manda. De estas técnicas viene curiosamente tekné, técnica, y tikto, que es dar a luz. Todas las palabras provenientes de la raíz indoeuropea tek tienen que ver con engendrar o fabricar. Además, no se trata exclusivamente de la tejedora pegándole al huso y la rueca, sino que, en último término, todo contador de historias remeda a Penélope. Por eso, aunque dedico decenas de páginas a los esfuerzos de Wharton por profesionalizarse, sus duros inicios, sus cuitas y sinsabores literarios, y después la ruidosa consagración, el Pulitzer, la Legión de Honor, todo eso, creo que para dar con su piedra angular, su clave de bóveda, para destejer sus textos, hay que atender al ámbito doméstico.



Hablando de dar a luz. Teniendo en cuenta su época, famosa por su puritanismo moral, choca que Wharton no tuviese hijos.



Sí, pero es que según su amigo Ogdem Codman, el arquitecto con el que elaboró su primer libro, lo suyo fue un mariage blanc, un matrimonio de tres décadas que nunca se consumó. Teddy Wharton le confirió el apellido y unos cuantos quebraderos de cabeza, pero poco más. Fue un matrimonio desdichado.



Y aquí entra su amante Morton Fullerton.



Fullerton era un dandy de bastón, bigotazo y pañuelo de colores que trabajaba de corresponsal del Times en Francia. Wharton lo conoció porque era uno de los solteros que pululaban por Queen´s Acre, la residencia londinense de Henry James, que destilaba un clima veladamente homosexual. Curiosamente, Fullerton había pasado por las alcobas de medio París. Había tenido una relación con Lord Gower, que es quien se basó Oscar Wilde para inventar a Lord Henry, el corruptor de Dorian Gray, y también con Dolly Wilde, la sobrina del escritor, que a su vez se dejaba caer por los triclinios de Colette y de Jean Cocteau, y también con Blanche Roosevelt, y hasta con la mujer del rajá de Sarawak, que es un personaje muy de novela de Salgari. Su encuentro se dio cuando el matrimonio de los Wharton sufría sus últimos estertores. Edith estaba plasmando su firma en un hotel que nunca había pisado cuando de repente, ¡zas!, se topó con el registro de «señor y señora Wharton» y, haciendo de tripas corazón, se encogió de hombros, simuló una sonrisa y dijo con fina ironía: «Está claro que aquí ya he estado antes». Su marido Teddy colmó, en ese momento, el vaso de sus infidelidades, que ya eran muchas y sonadas, y entonces el díscolo y pansexual Morton Fullerton, que más o menos pasaba por allí, le vino que ni pintado para desquitarse. Sirviéndose de la amistad que ambos compartían con Henry James, Edith lo invitó a pasar un par de días en su residencia, y a la vuelta Fullerton le envió una carta de agradecimiento con una ramita de arellano. Con casi cincuenta años y casi treinta de malavenencia conyugal, Edith se quedó mirando la carta y, de repente, se sintió identificada con las hojas amarillas del hamamelis, símbolo del florecimiento tardío. Esto resulta muy literario, aunque es casi rayano en el camanduleo y la crónica rosa, pero tiene cierto interés porque coincide con su despegue creativo. Fullerton le decía que la experiencia carnal le ayudaría a escribir mejor y, en efecto, durante esta época publica La casa de la alegría y Ethan Frome y teje los mimbres de lo que sería Estío y La edad de la inocencia.



Otro personaje que aparece por el libro es F. Scott Fitzgerald. No tenía ni idea de la relación entre ambos hasta que he leído el ensayo.



Lo primero que conocí de este asunto es un episodio muy simpático que cuenta Le Volt en su biografía de Fitzgerald. Está entrando en el edificio de la editorial Scribner, en plena Quinta Avenida, y le avisan de que en una sala contigua está reunida Edith Wharton, y entonces, como electrizado por un rayo, Fitzgerald traspasa la estancia de dos zancadas, franquea el portón, irrumpe en la sala y se lanza a los pies de su maestra. ¿Sucedería así exactamente? Quién sabe. Luego ya indagando descubrí que Fitzgerald rendía a Wharton una auténtica admiración que se remonta a principios de los veinte, cuando la Paramount le encarga los guiones de una adaptación de Destellos de luna por los que le pagan cuatro perras. Cuando saca El gran Gatsby se convierte en una estrella, y es entonces Wharton quien quiere saber de él, y lo invita a Pavillon Colombe, su residencia francesa. ¿Y qué hace Fitzgerald? Aparece con una borrachera de áupa. Hay que decir que el círculo de Wharton no era precisamente Bloomsbury, era gente más chapada a la antigua, y cada broma que hace el pobre Fitzgerald va chocando con las rígida destemplanza de los presentes, lo que lo va poniendo cada vez más nervioso, algo unido al hecho de que la presencia de Wharton le impone mucho. Al final tira del as que guarda en la bocamanga y decide contarles una chanza que a buen seguro les hará caer de la risa y, cada vez más desentonado, empieza a explicarles que Zelda y él habían vivido una semana en un burdel. Wharton escucha atentamente y, al acabar Fitzgerald su historia, responde con gesto serio: «a su historia le hace falta documentación». Total, esa noche Fitzgerald vuelve a casa abochornado, hundido en la miseria, barbotando para su capote: «me han machacado, me han machacado».



El capítulo más largo es el que dedicas a La casa de la alegría y a la tragedia de Lily Bart.



La tragedia de Lily Bart es doble, por mujer y por pobre. Ya decía Adam Smith en su Teoría de los sentimientos morales que el pobre se vuelve invisible ante la humanidad y que incluso en medio de una multitud se encuentra tan solo como encerrado en su covacha. Por eso Lily Bart tiene que aprovechar su único recurso, la belleza, que es un bien transitorio, para evitar uncirse a yugo de la coyunda, que en castellano es, como sabes, simultáneamente correa y casamiento.



Los títulos del libro son magníficos, con muchas referencias literarias y cinematográficas: «El casamiento engañoso», «Rojo emblema del valor», «La voz de la montaña»... «Me casé con una bruja» es mi título favorito, porque alude a la película que consagró a Veronica Lake, y también es mi capítulo favorito del libro, porque hablas de la interesante figura de la bruja en Ethan Frome, concretamente en la mujer del protagonista.



Bueno, es que aunque no calce ropas de meiga ni vuele a la jineta sobre una escoba, Zeena Frome es una bruja. En realidad, desde que Bruno Bettelheim hizo su célebre psicoanálisis de los cuentos de hadas, desentrañando las claves simbólicas y los atributos morales que impregnaban los cuentos de los hermanos Grimm y demás, en lo sucesivo el esquema del cuento de hadas ha servido, justamente, para poner en solfa esos valores. Eso es lo que hace con inteligencia Wharton en Ethan Frome y lo que se ha hecho en otras ocasiones. Sin ir más lejos, el otro día en el tren vi Maléfica, que es una película para niños pequeños, y se nota que han entendido a Bettelheim estupendamente. Es curioso que el culto al «ángel del hogar» desatase, a la contra, toda la imaginería de vampiresas, súcubos, suripantas de esquina y locas de frenopático. Toda diosa rebelde es una diablesa, y por eso en el libro hablo de Diana, de Selene, de la terrible Hécate, de las ondinas, de las dracaenas... Esto viene siendo así desde Lilith, que, como sabes, es la primera mujer de Adán, creada como él del barro, y que lo abandona para instalarse en sus terribles dominios a orillas de Mar Rojo, que se niega a volver al hogar a pesar de la insistencia de los ángeles que envía Dios, que tiene un aspecto demoníaco y duerme entre gatos y perros salvajes, pero que, sin embargo, como ha escapado del Edén antes de la Caída, es inmortal. A Lilith me la dejé en el tintero y por razones de espacio no aparece en el libro, pero no me negarás que es un personaje estupendo.



La loca es otro personaje clásico de la literatura victoriana. Jeffrey Eugenides habla de ello en La trama nupcial, su última novela.



La loca y el «ángel del hogar» son el haz y el envés de lo mismo. Si hablamos de un «ángel del hogar» que custodia la esfera doméstica como un penate troyano, etérea, inocente y asexual, entonces tenemos que aludir a su condición de reserva afectiva y a su tendencia a los antojos y la sensibilidad nerviosa, certificada bajo incortrovertible dictamen por la autoridad científica, lo que hacía indispensable la tutela masculina. Yo en el libro hablo en varias ocasiones, pero me hubiera gustado hacerlo más, de Charlotte Perkins Gilman, una gran escritora que se divorció un par de décadas antes que Wharton, causando un gran revuelo, que militó en grupos feministas y que, en torno a los años cincuenta, se suicidó. El caso es que tiene una fantástica novela, que también me he dejado en el tintero por razones de espacio, pues todos los capítulos son deliberadamente cortos, de unas cinco o seis páginas, y aun así el libro es denso, una novela clásica titulada El tapiz amarillo, que cuenta la historia de una mujer abúlica, que ha perdido el gusto por su matrimonio y por la maternidad, lo que la convierte en una maniática, una histérica y una neurasténica, y que mandan a una cura de reposo. Perkins Gilman, así como la propia Wharton o Virginia Woolf, había asistido a las famosas curas de nervios del doctor Silas Weir Mitchell, luego sabía de qué iba a la cosa.



Tal y como explicas, en las novelas de Wharton los hombres se apoyan mientras que las mujeres se machacan entre ellas. Justo ahora se dice que la «homofilia» o apoyo entre hombres es una causa del desigual acceso de la mujer a puestos de trabajo.



No tengo ni idea si eso de la «homofilia» serviría para explicar algo como el «techo de cristal», donde concurren muchos factores, pero déjame decirte que si se trata de un apoyo entre hombres y no entre semejantes podría llamarse más bien «antropofilia», ¿no? En La casa de la alegría aparece una mecanógrafa llamada Nettie que viene a personificar la solidaridad femenina, o su posibilidad, que es un tema que aparece de manera subterránea en todas las novelas de Wharton. La opción de que las mujeres hagan frente común resplandece fugaz, pero luego siempre se queda en nada. En un relato de juventud, un par de mujeres se disputan encarnizadamente el mismo puesto de trabajo, haciendo uso de sus peores mañas, y al final el lector descubre que las dos infelices, que se han estado pisando literalmente el cuello, comparten una triste situación familiar bastante parecida. Ahora me estoy acordando de Ancho mar de los Sargazos, de Jean Rhys, aquella falsa precuela de Jane Eyre, cuando la protagonista cuenta la historia de su madre, Bertha, a la que su marido había encerrado por loca, y dice que en los momentos de peligro hay que unirse, como hizo todo el mundo, solo que a su madre las mujeres de Jamaica nunca la aceptaron. Aunque, en este caso, aparte del tema económico y patriarcal está el tema racial, colonial y demás, claro, la cuestión de fondo es la misma, qué habría sucedido en caso de lograrse una especie de solidaridad femenina. Solo hay una novela de Wharton en que un grupo de mujeres trabaja codo con codo sin torpedearse, Las bucaneras, que es la historia de un grupo de aguerridas norteamericanas que surcan el Atlántico, sorteando espumas y maretazos, con la proa rumbo a Inglaterra, a la husma de un título nobiliario. Pero no solo es una excepción sino que encima es una novela inacabada, posteriormente continuada y rematada por una estudiosa y publicada de manera póstuma.