Océanos en peligro


253 - 6 de octubre de 2013

Joaquín DÍAZ
Los océanos se enfrentan a un ‘trío mortal de amenazas’. Desoxigenación, acidificación, y calentamiento son las tres claves que advierten de un problema que avanza más rápido de lo que pensamos.

Es difícil predecir el daño exacto que están sufriendo los océanos, pero las consecuencias presentes y futuras están muy lejos de ser leves. “La salud del océano está retrocediendo más rápido de lo que pensábamos”, señala Alex Rogers, científico de la Universidad de Oxford y director del Programa Internacional sobre el Estado de los Océanos (IPSO) de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.



Los expertos que han realizado el informe advierten que la producción de oxígeno podría disminuir hasta un 7% en el año 2100. Esta estimación viene apoyada por los bajos niveles de oxígeno que se han registrado en los océanos tropicales en los últimos años, así como en zonas del Pacífico Norte. Asimismo, la eutrofización (abundancia de nutrientes en el agua que produce un crecimiento anormal de algas debido a la contaminación) ha provocado un aumento de la hipoxia en las zonas costeras.



El estudio también destaca la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera, que al reaccionar con el agua del mar forma un ácido débil que podría afectar gravemente a la formación de corales, aunque una investigación reciente desmintió esta teoría asegurando que la acidez del agua no afecta a la formación de esqueletos de coral.





Otro factor clave que deben soportar los océanos es el calentamiento global, el cual da cada vez menos tiempo y menos opción al hielo que cubre el Ártico durante el verano, por lo que la desaparición del hielo marino prevista para el año 2037 dañará todo el ecosistema del Ártico. El cambio climático también está consiguiendo que los pescadores, debido al deshielo y a las aguas cada vez más calientes, lancen sus redes más cerca de los polos, lo que eleva el riesgo de extinción de algunas especies marinas.



La sobrepesca, las capturas ilegales y la explotación insostenible de las poblaciones de peces son otras actividades indispensables para conseguir que los océanos mueran un poco más cada día.



“Los Gobiernos y sus ciudadanos tienen que comprometerse a reducir las emisiones de CO2, de manera que éstas no aumenten la temperatura global en más de dos grados centígrados”. La petición de Rogers y su equipo es tan clara y sensata como improbable de cumplir para los países implicados y con más poder de decisión.



Aun diciendo que las condiciones actuales de los océanos son similares a las del Máximo Térmico del Paleoceno-Eoceno, hace 55 millones de años, nadie parece dispuesto a sentarse para buscar soluciones y consensos.



¿A quién puede asustar que reputados científicos asemejen nuestro tiempo a un periodo de la era Cenozoica en el que se produjo una enorme alteración del cambio climático que afectó a la circulación oceánica y atmosférica provocando la extinción de multitud de especies?