Seísmo en Ecuador


322 - 1 de mayo de 2016

Guillermo GALLARDO
La pasada semana gue trágica en el continente americano. Un terremoto de 7´8 grados en la escala ricther (y posteriormente numerosas réplicas) sacudía la costa pacífica de Ecuador y dejaba más de quinientos muertos e innumerables heridos. Un suceso trágico, que se producía casi a la vez de otro algo menor en Japón, el cual, por inesperado e imposible de predecir ha movilizado a la comunidad internacional en su ayuda con medios y personal especializado. Una catástrofe humanitaria sin paliativos que, en contraste con el seísmo producido en tierras niponas, no contaba con las infraestructuras adecuadas para sobrellevar esta clase de inopinados y devastadores efectos de la madre tierra. Seísmo que todavía sigue activo y que, sin llegar a los niveles cinematográficos (y geológicos) del ocurrido en 2004 en Indonesia, también está dando imágenes de drama y rescates dignos de "Lo imposible".

Comenzábamos la pasada semana en la que se celebra el día de la tierra con sendos terremotos. Esta vez eran Ecuador y Japón, dos lugares clásicos en los que se suelen producir esta clase de temblores, aunque, como hemos visto en los últimos tiempos (y hemos cubierto de una manera muy precisa aquí en La Brecha) no son los únicos casos.



Quizá el más infausto y mediático fue el terremoto del océano índico de 2004, conocido por la comunidad científica como el terremoto de Sumatra-Andamán, que dejó a su paso 436.983 muertos y 42.883 personas desaparecidas. Pero no fue el único. Como dedo, en 2005 ocurrió en la región de Cachemira entre India y Pakistán se registró un sismo magnitud fue de entre 7.6, afectando a India, Pakistán y Afganistán dejando cerca de 86 mil muertos y más de 106 mil heridos. En 2010, sería Haití , donde el terrible evento natural de 7 grados causó 316 mil muertos, 1,6 millones de personas sin hogar y miles de heridos. Y en 2015, Nepal iba a sufrir un terremoto de magnitud 7,9 que propiciaría más de ocho mil muertos. Y a estos habría que sumar, Chile, Quinghai (China), Christchurch (Nueva Zelanda), Birmania, Turquía o Filipinas.



Eso sin contar el gravísimo seísmo de uno de los dos países que hablamos, Japón; quien el 11 marzo de 2011, sufrió uno de los más funestos terremotos de la historia con saldo de 15 mil 880 muertos y casi tres mil desaparecidos debido a la sacudida de 9 grados y el subsiguiente tsunami, que provocó la conocida alerta nuclear de Fukushima. Y eso a pesar de que Japón es sin duda el país más preparado para este tipo de catástrofes.




De un tiempo a esta parte, podría decirse que, tristemente, nos hemos acostumbrado a estas noticias. Sucesos que, según es manifiesto, siempre han existido, y siempre existirán. Acontecimientos naturales que, en la vastedad de la tierra, y las sociedades globalizadas, pudiera parecer que no suponen un cambio exponencial en su aparición. Máxime cuando las mejoras en los aparatos técnicos de medición tiene mayor capacidad de registro y cuando la propia tectónica de placas explica bien por qué sucede justamente en estos sitios más regularmente. Algo que, si bien, no parece ser del todo comprensible dentro de la misma comunidad científica.



Cómo tuvimos el gusto de explicar aquí en La Brecha hace algún tiempo, en una serie de artículos firmados por nuestro compañero Joaquín Díaz ("Siete años de grandes Terremotos"), parece ser que los seísmo se están agudizando. Con esto no queremos alarmar a nadie, ni sugerir que el Apocalipsis de San Juan esté en marcha. Ni tampoco podemos argüir que sea consecuencia de la influencia del hombre en la naturaleza, en una suerte de extensión del calentamiento global: aunque, por uno y otro planteamiento, y a veces por los dos, ya hay quien aboga. Simplemente hacemos eco de una verdad científicamente contemplada: cada vez hay más terremotos. Y con ellos más dramas humanos y más escenas de terror y desastre, las cuales, se suman a otras en las que la mano humana sí tiene mucha más culpa.