Los límites de la resistencia: Kicillof y su defensa de pago de ganancias por los trabajadores


316 - 28 de febrero de 2016

Ariel MAYO
La política se aferra a las realidades y se burla de los deseos. Esta afirmación es tanto más fuerte cuando se pretende hacer política desde la clase trabajadora. El kirchnerismo perdió el gobierno, pero está lejos de desaparecer como fuerza política y corriente de opinión.

Simplificando el argumento, el kirchnerismo expresa hoy, ante todo, a sectores de las clases medias urbanas que se vieron favorecidos por la política económica implementada en el período 2003-2015. Su “resistencia” se basa en condiciones materiales, no solamente en convicciones ideológicas. De ahí el error de muchos análisis formulados desde la izquierda, que sostienen que está liquidado o que es un fenómeno meramente residual. La crítica del kirchnerismo es una tarea fundamental en la construcción del socialismo revolucionario y forma parte de la lucha por ganar a las clases medias. Esa crítica debe ser paciente, teniendo en claro que los mismos planteos erróneos reaparecerán una y otra vez.
Axel Kicillof expresa la ideología de los sectores progresistas que se acercaron al kirchnerismo a partir de la crisis de 2008. Sus ideas expresan con precisión los límites del progresismo kirchnerista. Desde este punto de vista constituyen un material de enorme valor para la discusión de los supuestos de esta corriente político-ideológica.



El artículo de Kicillof “Otro capítulo de la estafa electoral”, publicado en la edición de PÁGINA/12 de domingo 21 de febrero, va dirigido contra las últimas medidas económicas del gobierno de Mauricio Macri. Tal como es habitual, Kicillof reprocha al macrismo no haber cumplido con sus promesas de campaña electoral, en este caso en lo referente al impuesto a las ganancias aplicado a los salarios. El argumento de Kicillof contra el macrismo se reduce a lo expresado en la oración precedente: Macri no cumplió sus promesas. Pero Kicillof defiende también la posición del kirchnerismo frente a dicho impuesto. Esta es la parte más interesante del artículo:



“Nuestra posición es que el Impuesto a las Ganancias o, mejor dicho, a los altos ingresos, tiene una cualidad: es progresivo, es decir, pagan más los que más ganan. En efecto, de los aproximadamente 11 millones de trabajadores en relación de dependencia, sólo lo paga el 10 por ciento con salarios más altos. Justamente por eso, es otra verdadera estafa sostener que un cambio en Ganancias puede darse “a cambio” de reducir el porcentaje de aumento en las paritarias. Una reducción del Impuesto a las Ganancias mejora los ingresos sólo del 10 por ciento que más gana. Para el 90 por ciento de los trabajadores no cambia absolutamente nada. El porcentaje de las paritarias no tiene nada que ver con el Impuesto a las Ganancias para la gran mayoría de los trabajadores.”



La idea de que los salarios son equiparables a las ganancias puede parecer extraña. Sin embargo, forma parte de la concepción económica del progresismo. Si se afirma que la relación entre Capital y Trabajo es natural y que el antagonismo entre ambos es secundario y/o pasajero, las clases sociales se desdibujan y los individuos ocupan el centro de la escena. Dicho de otro modo, si el horizonte intelectual es el capitalismo y no se concibe la posibilidad de otra forma de organización social, es lógico que se piense que lo verdaderamente importante son los individuos. En este marco, cobra una importancia singular la cuestión de los ingresos de éstos, pues va a ser la que determine la posición que ocupan las personas en la sociedad. El salario deja de ser la forma específica de ingreso de los trabajadores (entendidos como clase social desprovista de medios de producción en el capitalismo) y pasa a convertirse en una forma más de remuneración percibida por las personas. Desde este punto de vista, es perfectamente razonable que el salario sea gravado como ganancia, pues no se distingue del ingreso del capitalista. En última instancia, la diferencia entre los ingresos del empresario y del trabajador es meramente cuantitativa.



Ahora bien, ningunear la relación Capital – Trabajo en la teoría no significa que ésta pierda peso concreto. Todo lo contrario. Kicillof demuestra la verdad de esta afirmación en el pasaje citado. Allí dice sin despeinarse que el impuesto a las ganancias sólo es abonado por el 10 % de los trabajadores, quienes son los que poseen los ingresos más altos. O sea, luego de una “década ganada” (la kirchnerista) el 90 % de los trabajadores perciben salarios tan bajos que no alcanzan a ser “beneficiados” con el pago de Ganancias. Despreciar la importancia de la relación Capital – Trabajo se traduce aquí en un desprecio enorme por la miseria padecida por buena parte de la clase trabajadora. Otra vez, nada de que extrañarse. El progresismo a la Kicillof desemboca en un individualismo que nada tiene que envidiarle al liberalismo más crudo.



Pero el ex ministro no se conforma con presentar los fundamentos conceptuales del pago de Ganancias por los trabajadores. Va más allá y nos explica las razones de política económica que motivan dicho pago.



“En los 12 años de kirchnerismo, el Impuesto a las Ganancias formó parte de un esquema de crecimiento económico e inclusión social. Las mineras, las petroleras, los grandes exportadores de grano pagaban impuestos específicos –las retenciones–. En el caso de los alimentos, estas retenciones contribuían además a que los precios internos fueran más baratos. Los subsidios a la luz, el gas y el transporte reducían el costo de vida y constituían una parte importante de los ingresos indirectos. Y la inclusión avanzaba también a través de la AUH, la moratoria jubilatoria, el Ahora 12, el Progresar, el crédito barato para las pymes, y tantas otras medidas. En ese marco se cobraba Impuesto a las Ganancias al 10 por ciento de los trabajadores de mayores salarios.”



Kicillof nos pide que aceptemos la afirmación de que las retenciones tenían bajo el kirchnerismo la misma importancia para las empresas mineras, las petroleras o los exportadores de granos, que la que tiene el pago de Ganancias para los trabajadores. Una de dos: o bien el ex ministro ha perdido en su ascenso político todo principio de realidad, o bien se trata sencillamente de una muestra de cinismo. En Argentina, el período 2011-2015 fue de estancamiento económico y alta inflación. Los trabajadores argentinos se caracterizan por la gran heterogeneidad de sus condiciones materiales. Así, mientras que algunos sindicatos pueden presionar eficazmente para obtener mejores salarios y condiciones laborales, constituyendo una especie de “aristocracia obrera”, buena parte de la clase carece de esa capacidad. Un tercio de los trabajadores están “en negro”, es decir, carecen de derechos laborales y sus salarios son sensiblemente inferiores a los de los trabajadores “en blanco”. Sólo alguien que ha perdido toda noción de las condiciones de vida de los trabajadores puede igualar el pago de Ganancias con las retenciones que pagaban, por ejemplo, las empresas que explotan la megaminería.



El secreto del pago de Ganancias por los trabajadores es de índole fiscal. El Estado argentino, incapaz de cobrar, por ejemplo, un impuesto a las transacciones financieras, necesita de los recursos provistos por los trabajadores de mayores ingresos. Las clases sociales, ninguneadas por el ex ministro, vuelven a aparecer en todo su esplendor cuando de política económica se trata. La clase obrera paga así los subsidios con los que las empresas privatizadas por el menemismo nutren sus ganancias. Todo ello sin invertir un solo peso, como puede comprobar cualquier sufrido usuario del servicio eléctrico.



La resistencia al macrismo, tal como la concibe Kicillof, no contiene ningún elemento progresivo. Si se analizan tanto sus premisas teóricas como sus recomendaciones de política económica, salta en todo momento el viejo individualismo, que ha sido adoptado como norma de vida por muchos de los integrantes de las clases medias que nutren al kirchnerismo en estos tiempos. Este individualismo se nutre, a su vez, en las condiciones de vida que se han desarrollado a partir de las derrotas de la clase obrera en 1976 y 1989, las que trajeron como consecuencia una expansión nunca vista de las relaciones mercantiles en la sociedad argentina. Criticar el individualismo de las clases medias significa criticar las bases materiales de esas condiciones de vida. Y esa crítica no puede ser sólo ideológica.