Brexit


315 - 21 de febrero de 2016

Guillermo GALLARDO
Esta semana tuvo lugar la cumbre en Bruselas para las negociaciones sobre el referéndum para una hipotética la salida de la Unión Europea del Reino Unido. El encuentro, celebrado los días 18 y el 19 de febrero, acogió la cumbre de los ceintiocho más importante de los últimos tiempos. Una mesa redonda donde, entre otros temas, lo que se jugaba eran las exigencias de Londres de cara al referéndum sobre la permanencia o salida de la UE.

Los pasados jueves y viernes Bruselas acogió un cónclave decisivo para el futuro de Unión Europea. Allí se jugaba la realidad o no del Brexit: ni más ni menos que la posibilidad de la perdida de Reino Unido de la Comunidad Económica Europea. Una reunión de urgencia que tuvo muchos prolegómenos y encuentros entre las distintas delegaciones (embajadores, negociadores de la EU y los llamados Sherpas o negociadores directos) para conseguir la redacción de un texto o borrador provisional que de antemano pudiera satisfacer a todas las partes implicadas. Y que, aunque, a la postre, pareció satisfacer a todos, de cara a la galería: en realidad, no ha conseguido disipar todas las dudas sobre el porvenir de la unidad europea que han sobrevenido desde que el Primer Ministro inglés, David Cameron, anunciara su intención de realizar un referéndum nacional sobre la permanencia o no de Reino Unido en la UE. De evitar o no el llamado Brexit.



Pero, ¿qué es el Brexit? Cómo se puede leer estos días en multitud de diarios, revistas especializadas, redes sociales y periódicos de tirada nacional e internacional, amén de oírse en telediarios, tertulias y boletines radiofónicos, con el neologismo "Brexit", dícese de la salida del Reino Unido de la Unión Europea, y el cierre definitivo a cualquier acercamiento a la apertura total de fronteras, el libre comercio, una moneda única para todos o un banco central europeo. En última instancia, la quiebra de cualquier proyecto ulterior europeo totalmente cerrado y englobador. Una posibilidad cada vez más real, en razón de lo que las mismas encuestas inglesas apuntan sobre la intención de voto de la población británica.



Un serio problema a cualquier posicionamiento europeo unitario, que dejando a Reino Unido fuera, como ya ocurre respecto a la unidad monetaria, no puede sino hacer perder fuerza, impacto, fundamento, representatividad, influencia, poder fáctico y, hasta, confianza en los mercados. Por no hablar de aspectos culturales o sociales.



Así las cosas, y mientras se dirime la respuesta que dan los electores británicos a un referéndum ya garantizado, cada uno de los portavoces y representantes europeos hizo lo que se esperaba. Cameron dijo luchar por los derechos de sus ciudadanos, mientras que los líderes europeos trataban de jugar su baza de la importancia de acuerdos a gran escala. Posicionamientos reales pero que no dejan de esconder relaciones económicas y de poder más profundas, como son la presión de los intereses de cada parte. Europa no quiere dejar escapar a un gran aliado, y Londres no quiere ni perder su tradicional independencia del continente ni quiere dejarse afectar por los problemas económicos continentales, ni quiere verse afectado por las crisis migratorias que ya llegan a sus islas.



Un encuentro para, entre otras cosas, limar asperezas antes de un conflicto que podría ser ciertamente muy importante, que se dará antes de la cita del referéndum, anunciado para el próximo 23 de junio. Una reunión en la que Cameron salió bravo y duro, donde mantuvo el pulso político y mediático, pero que como muchos ya vaticinan, sea cual sea el resultado final del plebiscito vinculante sobre la EU en su país, le saldrá muy caro personalmente: pues incluso aunque ganara su propuesta, Cameron se enfrentará a una sociedad profundamente dividida, sinónimo clásico de una sociedad más frágil. Una cumbre que, a la postre, aunque muchos digan que pudo servir para algo, en realidad sólo fueron gasas y parches para un gran problema que aún se está fraguando, y que, sea como sea, finalmente, tendrá que contar con ese referéndum que, aunque como instrumento de democracia, bien podría volverse en contra de los grandes proyectos democráticos y europeos de muchos millones de personas.