“Resistiendo con aguante”...y pegándole a la izquierda: los límites del progresismo latinoamericano


314 - 14 de febrero de 2016

Ariel MAYO
Emir Sader, influyente intelectual brasileño, publica un artículo en la edición del 29 de enero del matutino porteño PÁGINA/12 en el que proclama el fracaso de la “ultraizquierda” en América Latina. La pretensión del autor es desmesurada, habida cuenta la vaguedad de su texto y su escasa extensión. Sin embargo, es preciso someterlo a discusión debido a que Sader presenta algunas de las tesis centrales del “progresismo” latinoamericano.

El “progresista”, más allá de diferencias menores derivadas de la situación política concreta de cada país, parte del supuesto de que el límite de toda acción política es el capitalismo. Nadie puede “sacar los pies del plato” de esta forma de organización social. En esto se diferencia del “reformista” en sentido clásico, quien pensaba que era posible reformar al capitalismo (ya sea a través de elecciones o por medio de la acción sindical) para llegar al socialismo. El progresista no toma en serio la posibilidad de otra forma de sociedad. Considera que es factible modificar tal o cual cuestión (por ejemplo, ampliar los derechos de las minorías sexuales, poner coto a la acción de los monopolios en los medios de comunicación, etc.), pero jamás se le pasa por la cabeza cuestionar al sistema capitalista.



No se trata de una mera opción ideológica. Es imposible comprender el auge del progresismo latinoamericano en la primera década del siglo XXI si no se tiene en cuenta el desarrollo de las clases medias. En este sentido, las raíces materiales del progresismo se encuentran en el “neoliberalismo” de los ´90, que permitió la expansión de dichas clases medias y las acostumbró a un modo de vida centrado en el individualismo. Es por esto que el progresista promedio manifiesta una profunda aversión hacia el movimiento obrero y tiende a buscar el enriquecimiento personal sin demasiados escrúpulos.



Como indicamos, Sader presenta en su artículo varios de los temas centrales del progresismo.



En primer lugar, el progresismo se atribuye a sí mismo el lugar de la izquierda en las sociedades latinoamericanas. El uso del término “izquierda” es significativo en sí mismo, pues no implica ninguna definición sustantiva, más allá de su carácter relacional (se está a la izquierda de la derecha). Hablar de izquierda y no de socialismo, por ejemplo, resulta útil pues permite dejar de lado cuestiones espinosas como la propiedad privada de los medios de producción, la lucha de clases, el carácter de clase del Estado, etc. De este modo, Sader borra del mapa el antagonismo entre capital y trabajo, central en el pensamiento socialista, y lo reemplaza por la confrontación entre “neoliberalismo” y la “izquierda realmente existente” (Evo, Lula, Correa, Cristina Kirchner).



En segundo lugar, y puesto que la disputa política en América Latina se da entre dicha “izquierda” y la “restauración conservadora”, todo cuestionamiento al capitalismo queda confinado al rubro de “ultraizquierda”. Como en el caso de la palabra “izquierda”, el uso del término “ultraizquierda” constituye en sí mismo una operación política-ideológica. La “ultra” es definida por su posición respecto a la “izquierda realmente existente” y es caracterizada como un pensamiento dogmático, alejado de la realidad, incapaz de influir sobre ésta y reducido al lugar de la crítica constante e ineficaz. Esta operación (por cierto, casi tan vieja como el mundo) le permite a Sader evitar cualquier referencia a temas espinosos, tales como la propiedad privada de los medios de producción, la lucha de clases, el carácter clasista del Estado, etc. Como no puede modificar la realidad, el “progresista” hace del lenguaje su campo de batalla.



En tercer lugar, luego de haber sacado del escenario a la “ultraizquierda”, Sader puede cantar los logros de los gobiernos de “izquierda”. Así, habla vagamente de “extraordinarias transformaciones sociales”. Sin embargo, y a la hora de los bifes, sólo atina a mencionar “el fortalecimiento y expansión de los procesos de integración regional, del Mercosur a la Celac, pasando por Unasur, de forma independiente respecto a Estados Unidos.” No es necesario decir que ninguno de dichos logros modificó la relación entre capital y trabajo, base del orden social en América Latina. Pero al progresista esto no le importa, porque su condición social lo ubica lejos de los problemas cotidianos de los trabajadores. Por el contrario, las transformaciones emprendidas por la burguesía latinoamericana luego de la crisis del neoliberalismo permitieron adaptar la acumulación de capital a condiciones internacionales de alza de los precios de las materias primas y de los commodities.



Por último, Sader plantea la relación entre “neoliberalismo”, “izquierda” y “ultraizquierda” en términos exclusivamente ideológicos. En este sentido, el artículo resulta más interesante por lo que omite que por lo que dice. Su lectura muestra una vez más el progresismo latinoamericano acepta sin chistar las reglas de juego del capitalismo y que ha renunciado a todo intento de explicar las contradicciones sociales a partir del examen del proceso de producción y de las relaciones entre las clases.